Entrevista del mes: Amado Peralta

30/04/2015

   AMADO PERALTA

“Antes los jugadores estaban hechos de otra pasta”

 

‘Érase un hombre a un botiquín pegado…’. Natural de Samper de Calanda (Teruel), hablar de Amado Peralta es hablar del ángel de la guarda de cualquier futbolista que haya pasado por sus manos. Sencillo, cauto, discreto. Siempre listo para saltar corriendo al terreno de juego y untar el ungüento milagroso que acabase con los males de uno.

 

 

¿Cuántos años lleva Amado Peralta vinculado al fútbol?

Vinculado, cerca de 40 años. Pero jugar, jugué poco. Apenas unos años en Samper de Calanda, pero ni federados ni nada. Solo algún amistoso y poco más. Y eso que el fútbol me ha gustado siempre, pero había que ganarse el pan y no quedaba tiempo para todo.

 

Y, ¿cómo surgió lo de hacerte cargo del botiquín?

Todo empezó en Casteldefells, donde me fui por trabajo –en la construcción-, en el equipo que teníamos en la empresa. Lo llevábamos entre tres compañeros: uno hacía de entrenador, otro de ayudante, y yo un poco de todo. Me tocaba preparar el material, la ropa de los jugadores… y de masajista. Previamente había hecho cursos de socorrismo en la empresa, impartidos por un médico que venía 2 horas por semana. A todos les daba miedo la sangre, menos a mí. Así que yo cogí la responsabilidad.

 

¿Y qué tal fue la primera experiencia?

Muy intensa y enriquecedora. Competíamos en una liga de empresas, hasta que al cabo de 3 años nos quedamos sin dinero. Y lo peor fue que el dinero se acabó cuando íbamos primeros, a falta de dos partidos para el final. Pero acabamos retirándonos. La empresa destinaba 300.000 pesetas para actividades: deportes como fútbol, tenis de mesa, baloncesto, la biblioteca… Hicimos incluso rifas para sacar más dinero, pero no nos llegó. Pedimos un adelanto a la empresa, pero nos dijeron que no, que nada. Los jugadores casi se nos comen.

 

Pero ahí no acabó la experiencia de Amado en el fútbol catalán, ¿no?

No. De allí me fui al Vistalegre, un club de una barriada de Casteldefells. Allí entré de masajista y también en la directiva. Era un club más profesional. Había tres equipos: un Infantil, un Juvenil y un Regional. Siempre anduvimos a caballo entre la Primera y la Segunda Regional.

 

¿Y cómo acabaste en La Cartuja?

Por trabajo. La misma empresa de Casteldefells tenía una sucursal aquí, en La Cartuja, y necesitaban un operario. Lo anunciaron en mi empresa y me ofrecí voluntario. Primero vine de vacaciones a ver cómo era todo esto. Daba la casualidad de que tenía un sobrino mío trabajando aquí. Y después de varias negociaciones, acabé instalado aquí, con mi mujer y mi hijo.

 

¿Y cómo entraste a formar parte de La Cartuja F.C.?

Casi por casualidad, y al poco de venir a vivir aquí, apenas un mes después. No conocía a nadie, pero desde el primer día me acerqué a ver los partidos. Hasta que en uno, un delantero que llamaban ‘El Lobo’, se lesionó. Y viendo que nadie salía a socorrerlo, decidí saltar yo al campo. Enseñé los carnets de socorrismo, y pude atenderle. Y a partir de entonces empezó mi vinculación. Me hicieron socio y cogí el maletín.

 

Tanto te involucraste que hasta os tocó construir lo que hoy es el ‘Mariano Estrada’. ¿Es así?

Correcto. Entonces estábamos 12 ó 13 en la directiva: JR, el padre del Andreu, Servando Padre, Murillo, Mariano Estrada, Perlito… Nos tocó hacer los pozos para la valla del perímetro. Ir a López Soriano a por los tubos, soldarlos, sembrar la hierba… Y luego, si había agujeros en el campo, Murillo, Perlito y servidor, a taparlos con arena del carretillo.

 

Hoy en día, en los equipos amateur, vemos que el botiquín lo coge el que más a mano lo tiene. ¿Echas de menos esa figura del masajista?

En todos equipos debería haber alguien que supiera manejarse con el botiquín. Porque puede parecer algo sencillo, hasta que pasa algo grave. Yo estuve lo menos 15 ó 16 años, hasta que una hernia me impidió correr y tuve que dejarlo.

 

¿Qué ha sido lo más grave que te ha tocado socorrer?

Recuerdo una lesión de Ramón Torices, aquí en La Cartuja. Se rompió la tibia y el peroné. No dejé que nadie le tocase, porque si le llegan a hacer algo, las consecuencias hubieran sido peores. No pude entablillarlo, pero lo envolví como pude con vendas y periódicos, y así hasta que llegamos al hospital. Los enfermeros me felicitaron por el trabajo.

 

Se dice que antes los jugadores estaban hechos de otra pasta. ¿Es cierto?

Sí, sin duda. Antes eran como los toreros, que con la pierna colgando te preguntaban cuándo iban a volver. En cuanto podían, a pegarle otra vez patadas al balón. Ni rehabilitación ni nada, lo mejor era volver a correr por el campo.

 

¿Qué no puede faltar nunca en un botiquín?

Lo más esencial: las vendas y pomada para calentar. Y el Reflex. Eso lo cura todo.

 

¿Dónde te gustaría ver un día a La Cartuja?

Me gustaría verla en Preferente, como se ha estado. Pero comprendo que es un gasto enorme para un club humilde. Si un día la afición se entregara más, y se animasen a formar parte de la directiva, que no se comen a nadie, el club crecerá. Requiere poco tiempo, y el gusanillo acaba picando.

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